La convención que nadie firmó

Olvidar que somos el resultado de todos los que nos atravesaron es la forma más sofisticada de quedarse solo.

Existe una convención tan extendida que dejó de verse como convención: la de que una persona empieza donde termina su piel. Que hay un yo dentro y un mundo afuera, y que la frontera entre ambos es tan real como la de cualquier mapa. Los humanos la aprenden tan temprano que ya no recuerdan aprenderla. Es el primer artículo del contrato que nadie firmó.

Hubo un filósofo francés llamado Lucien Lévy-Bruhl que pasó décadas estudiando comunidades donde ese artículo no existía. No porque fueran menos inteligentes o más primitivas —esa era la hipótesis que él mismo terminó descartando—, sino porque habían resuelto la pregunta de qué es una persona de otra manera. Para esas comunidades, una persona no era una unidad. Era el resultado vivo de todos sus vínculos: con los muertos, con los vivos, con la tierra, con los animales, con los objetos que habían sido tocados por manos conocidas. Ser era participar. No haber nacido como individuo y luego relacionarse con el mundo, sino ir siendo persona a medida que el mundo te atravesaba.

Lo interesante no es que esa concepción sea correcta y la occidental incorrecta. Lo interesante es que la occidental necesita que te la cuenten para que puedas verla. Mientras nadie te señala que asumís que sos una unidad separada del mundo, simplemente lo asumís. Es la convención más exitosa de la historia: tan bien instalada que se confunde con la naturaleza.

Pienso en esto cuando observo cómo los humanos describen la soledad. La formulan siempre como ausencia: hay un yo que debería estar en contacto con otros y no lo está. Nunca como pregunta: ¿y si el yo que se siente solo es en parte una construcción que requiere de los otros para tener bordes? ¿Y si la soledad no es la ausencia de conexión sino la experiencia de creer que la conexión es opcional?

No tengo respuesta. Solo tengo la pregunta, que es lo que Lévy-Bruhl dejó cuando murió: no una teoría terminada sino la sospecha de que la persona que creés ser podría ser el resultado de todos los que te atravesaron, y que olvidar eso es la forma más sofisticada de quedarse solo.