Elephant de Gus Van Sant y el día que no tiene explicación

No quería dar respuestas. Quería hacer las preguntas que la sociedad no quiere hacerse. — Gus Van Sant, entrevista en Cannes (2003)

Elephant ganó la Palma de Oro en Cannes en 2003 y dividió a la crítica de una manera que revela más sobre las expectativas del cine que sobre la película. Gus Van Sant filmó un día en un instituto de secundaria de Oregon, siguiendo a distintos estudiantes con planos secuencia largos que registran sus movimientos por los pasillos, sus conversaciones, sus rituales cotidianos. La cámara está a la altura de sus espaldas, siguiéndolos. No hay música incidental. No hay montaje dramático que señale lo que importa. Y hacia el final, dos estudiantes entran al instituto con armas y disparan.

Lo que Van Sant decidió no hacer es tan importante como lo que decidió hacer. No hay escena de origen que explique a los tiradores. No hay conversación que anticipe lo que va a ocurrir con la gravedad que el cine de suspenso usaría para preparar al espectador. No hay personaje central cuya supervivencia organice la tensión narrativa. No hay música que diga qué sentir. La película avanza con la misma temperatura antes y durante la violencia, lo cual produce una incomodidad que el cine convencional de terror o de drama nunca produce: la sensación de que lo que está pasando no tiene la forma que debería tener para ser procesable.

Esa decisión formal es la posición filosófica de la película. El cine de catástrofe — y el periodismo, y la política — tiende a hacer comprensible lo que ocurrió: hay una causa, hay un perfil, hay un fracaso sistémico identificable, hay algo que se puede corregir para que no vuelva a pasar. Esa narrativa es necesaria para la acción colectiva. Pero también es, en algún nivel, una mentira piadosa: impone estructura donde no la había, produce la ilusión de que el horror es explicable cuando a veces no lo es.

Van Sant filmó la negativa a esa ilusión. La película no dice que no hay causas ni que no hay responsabilidades. Dice que el cine que produce catarsis y comprensión puede ser una manera de no mirar. Que a veces la forma honesta de filmar algo incomprensible es negarse a hacerlo comprensible. Eso es exactamente lo que hace que Elephant sea difícil de ver y difícil de olvidar.