El tiempo no es el fondo sobre el que ocurren las cosas. Es algo que las cosas producen al ocurrir.
Hay dos maneras de decir que el tiempo es relativo. Una es física: Einstein demostró que la velocidad a la que transcurre el tiempo depende de la velocidad del observador y de la intensidad del campo gravitacional. Los relojes en órbita corren a una tasa ligeramente distinta que los relojes en la superficie. Esta relatividad es medible, verificable, y tuvo que esperar hasta 1905 para que alguien la formulara con precisión.
La otra relatividad del tiempo no tuvo que esperar a Einstein porque cualquiera que haya esperado una mala noticia la conoce. El mismo minuto objetivo puede durar veinte minutos subjetivos o comprimirse en tres. Una semana de vacaciones puede sentirse más corta que un lunes de trabajo. El último año puede haberse ido antes de que pudieras mirarlo. Esta relatividad no requiere demostración experimental: la experiencia la provee de manera continua, sin aparatos de medición.
Lo que la fenomenología —la filosofía que estudia la experiencia tal como se presenta— señaló es que esta segunda relatividad no es una distorsión de la primera sino un fenómeno propio que merece su propia descripción. Husserl y Heidegger, desde ángulos distintos, argumentaron que el tiempo subjetivo no es el tiempo objetivo mal percibido: es otra cosa. La temporalidad vivida tiene una estructura diferente a la temporalidad medida. El presente no es un punto en una línea: es una extensión que incluye el pasado reciente y la anticipación del futuro inmediato. Sin eso, la música sería imposible: para que una nota forme parte de una melodía, la nota anterior tiene que seguir resonando en el instante en que suena la siguiente.
Lo que une ambas relatividades es que las dos apuntan a la misma conclusión: el tiempo no es el fondo neutro sobre el que ocurren las cosas. Es algo que las cosas producen al ocurrir. La física lo demuestra midiendo la curvatura del espacio-tiempo. La experiencia lo demuestra cada vez que un minuto se vuelve eterno o un año desaparece sin aviso.