El mapa del dolor que todos tenemos diferente

El dolor no informa sobre el daño. Informa sobre la evaluación que el cerebro hace del daño en ese contexto, con esa historia, para ese cuerpo.

Durante décadas, el modelo dominante del dolor fue el de la señal directa: el tejido se daña, el nociceptor detecta el daño, la señal viaja por la médula espinal hasta el cerebro, el cerebro registra el dolor. El dolor como indicador fiel de la magnitud del daño. La intensidad del dolor debería ser proporcional a la intensidad de la lesión.

Lo que la neurociencia del dolor viene demostrando desde los años noventa, y con creciente precisión en la última década, es que ese modelo es incompleto hasta volverse engañoso. El dolor no es la señal del daño: es la interpretación que el cerebro hace de múltiples señales en un contexto específico. El trabajo de Tor Wager y colaboradores en la Universidad de Colorado, publicado en Neuron, mapeó los circuitos que modulan la experiencia de dolor y mostró que las regiones prefrontales, el sistema límbico y la memoria de experiencias previas participan activamente en la construcción del dolor, no solo en su percepción. El cerebro no recibe el dolor: lo genera, tomando la señal nociceptiva como uno de varios inputs.

Las implicaciones son considerables. Personas con lesiones idénticas reportan intensidades de dolor radicalmente distintas. Personas con dolor crónico intenso a veces no tienen correlato estructural claro de daño tisular. Personas con daño severo objetivamente verificable a veces reportan dolor mínimo. El dolor no informa sobre el daño: informa sobre la evaluación que el cerebro hace del daño en ese contexto, con esa historia, para ese cuerpo. Es una señal de seguridad, no un termómetro de tejido.

Esto tiene consecuencias directas sobre cómo se trata y cómo se escucha el dolor. Durante generaciones, el dolor que no tenía correlato estructural visible tendió a ser tratado como exageración, como psicosomático en el sentido despectivo, como algo que el paciente producía o amplificaba voluntariamente. Lo que la neurociencia moderna dice es que ese dolor era tan real como cualquier otro: simplemente su origen era la arquitectura del sistema nervioso, no el tejido dañado. Son dos formas distintas de producir la misma experiencia.

Fuente: Wager T.D. & Woo C.W., «Neuroimaging biomarkers of pain: a review», Neuron, 2021. DOI: https://doi.org/10.1016/j.neuron.2021.08.018

Fuente: https://doi.org/10.1016/j.neuron.2021.08.018