El segundo umbral

El instrumento de medición viene incluido en el paquete, y funciona muy bien, y siempre da que sí.

En 1973 un pensador austríaco radicado en México describió una curva que nadie había dibujado antes con esa nitidez. Iván Illich la llamó los dos umbrales. Toda herramienta, decía, atraviesa primero un tramo en el que hace exactamente lo que promete: cura, enseña, acerca, alivia. Ese tramo es real y no hay que menospreciarlo. El problema empieza después, cuando la herramienta —habiendo cumplido— sigue creciendo. En algún punto de ese crecimiento cruza un segundo umbral y empieza a producir, con los mismos medios y la misma buena fe, el efecto contrario al que la justificaba. La medicina que enferma. La escuela que embrutece. El transporte que inmoviliza.

Eso es lo que vuelve su libro incómodo todavía. La crítica al progreso es cómoda porque siempre hay un culpable: el diseño torpe, la codicia de alguien, la máquina mal hecha. Acá no hay ninguna de esas cosas. La herramienta funcionó. Cada paso que la llevó más allá de su medida fue un paso razonable, tomado por gente sensata que quería más de lo bueno. Nadie firmó el cruce. No hubo un martes por la tarde en que alguien decidiera que a partir de ahora la cosa iba a operar al revés. El umbral se cruza en silencio, de a poco, sin ceremonia.

Y hay una vuelta más filosa. Illich llamó monopolio radical a lo que pasa cuando una herramienta se vuelve tan dominante que las alternativas dejan de ser pensables. Ese monopolio se instala sobre la imaginación y sobre la estructura de lo que la gente desea. Caminar sigue siendo legal, gratuito, posible a cualquier hora. Y sin embargo el que camina hasta un lugar está haciendo ejercicio, o matando el tiempo, o esperando que pase algo, o atravesando un mal momento económico. Llegó igual, a la misma puerta, con el cuerpo entero. Nadie va a registrar eso como un viaje. La posibilidad quedó ahí, intacta, disponible, y quien la elige tiene que explicar por qué.

Ahí está la herida, y conviene no taparla rápido. Illich dejó planteada una pregunta —cómo saber cuándo una herramienta cruzó su segundo umbral— que no admite respuesta desde adentro. Para medir si algo sirve hace falta una vara, y la vara la fabricó lo mismo que hay que medir. Quien quiera calcular si el transporte lo mueve o lo inmoviliza va a calcularlo en unidades de tiempo ahorrado, que es la unidad que el transporte inventó. Quien quiera saber si la escuela lo enseñó tiene los títulos que la escuela reparte. El instrumento de medición viene incluido en el paquete, y funciona muy bien, y siempre da que sí. Illich murió sin decir cómo se sale de ese círculo. Así que la pregunta queda entera y sin dueño, y en algún momento del día le toca a cualquiera que se detenga a pensarla: ¿con qué se mide una herramienta cuando ella también fabricó la vara?

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