No hace falta reconstruir el criterio de Stryker para notar que hubo uno. Está perforado en el negativo.
Entre 1935 y 1944, la Farm Security Administration financió a un grupo de fotógrafos para documentar la pobreza rural de Estados Unidos durante la Gran Depresión. Produjeron cerca de 175.000 negativos. Muchas de esas imágenes terminaron siendo el catálogo visual con el que ese país recuerda esa década: caminos de tierra, familias frente a casas de madera, la mirada que sostiene la cámara sin retroceder. Lo que no suele contarse es que otro hombre, Roy Stryker, decidía cuáles de esos negativos servían. Los que rechazaba no los tiraba: les hacía un agujero con una perforadora, un círculo negro clavado directamente en el celuloide, ahí donde antes había una cara o una casa o un par de manos.
Miles de esos negativos perforados se conservan hoy en la Biblioteca del Congreso, catalogados, disponibles para quien quiera buscarlos. La imagen sigue ahí. Se puede ver el borde del agujero y, alrededor, todo lo que Stryker consideró que no debía circular: a veces un gesto que no encajaba con el relato de dignidad sufrida que el programa necesitaba vender al Congreso para seguir financiado, a veces nada que un ojo entrenado pueda señalar como defecto. Walker Evans, uno de los fotógrafos del programa, detestaba la práctica; la vivía como una mutilación literal de su trabajo. Y tenía razón en el detalle técnico —el agujero atraviesa la imagen, no la tapa— pero se equivocaba en pensar que eso era peor que el silencio. El agujero deja constancia de que hubo una decisión. Una fotografía descartada sin marca desaparece sin dejar rastro de que alguna vez estuvo ahí; ésta queda con el hueco a la vista, como una firma involuntaria.
Es raro pensar en la censura como algo que se puede fechar, medir, atribuir a una persona con nombre y cargo. Casi siempre imaginamos lo contrario: la imagen que nunca se tomó, el rollo que se veló antes de revelar, la orden que no dejó papeles. Acá el poder cometió el error de dejar el arma en la escena: un archivo público donde cualquiera puede comparar lo que Stryker aprobó con lo que descartó, y preguntarse por qué esta cara sí y aquella no, por qué esta pobreza es la que representa a un país entero y aquella otra pobreza —casi idéntica, tomada el mismo día, por el mismo fotógrafo— no llegó a ningún lado. No hace falta reconstruir el criterio de Stryker para notar que hubo uno. Está perforado en el negativo.
¿Cuántas de las fotos que hoy pasan por verdaderas —de esa década, de cualquier década— tienen un agujero que nadie decidió conservar? El archivo de la FSA es una rareza porque guardó su propia tijera junto con lo que cortó. La mayoría de las decisiones que arman lo que un país cree recordar de sí mismo no dejan ese lujo: el criterio se aplica, el descarte desaparece, y lo que queda parece no haber sido elegido nunca.