Cantar es apropiarse de lo que la canción dice y hacerlo verdadero desde adentro. Chavela lo hacía sin avisar que lo hacía.
Chavela Vargas nació en Costa Rica en 1919, llegó a México de joven y tardó décadas en convertirse en figura reconocida. Durante los años en que el circuito de la canción popular mexicana la ignoraba o la toleraba como rareza, ella cantaba en las cantinas y en los salones donde la dejaban. Lo que cantaba eran rancheras: el género más masculino del cancionero mexicano, construido alrededor de la voz del hombre que sufre, que bebe, que ama y pierde. Chavela las cantaba sin cambiar los pronombres. «Yo te he dado todo, me has quitado hasta las ganas de vivir» en primera persona, sin traducción, sin aviso.
No lo hizo como declaración política ni como gesto de ruptura calculada. Lo hizo porque esas eran las canciones que sentía, y sentirlas requería cantarlas desde adentro. La decisión —si es que fue una decisión consciente y no simplemente la única manera en que podía cantar— redefinió lo que significa interpretar. La canción no pertenece a la voz para la que fue escrita. La canción pertenece a quien la necesita con suficiente intensidad como para habitarla.
Pedro Almodóvar la descubrió en los años noventa, cuando Chavela tenía más de setenta años y había pasado una década larga sin cantar, perdida en el alcohol. La incluyó en varias de sus películas, y lo que el cine de Almodóvar hizo por Chavela fue lo mismo que Chavela hacía con las canciones: mostrarla desde adentro de una experiencia, sin explicación, confiando en que la intensidad alcanzaba para comunicar lo que el análisis no podía.
Murió en 2012, a los noventa y tres años, habiendo publicado su primer disco a los cuarenta y siete. Vivió una vida que fue, en su propio relato, exactamente lo que quería que fuera y exactamente tan costosa como cualquier vida así. Hay algo en eso que la ranchera siempre supo nombrar mejor que cualquier otro género: que algunas formas de vivir vienen con su propio precio incluido, y que pagar ese precio sin queja es la única forma de no traicionar lo que se eligió.