Ordet y la palabra que se anima a pedir demasiado
En Ordet (1955), Carl Th. Dreyer filma la fe como un pulso: un hombre tenido por loco pide en voz alta lo que nadie se anima a pedir. La palabra, en danés, es ‘ordet’.
Cine y análisis en español para mirar películas como se lee un sueño ajeno: sabiendo que algo se pierde en la traducción, pero que vale la pena intentarla. Empieza donde termina la sinopsis.
En Ordet (1955), Carl Th. Dreyer filma la fe como un pulso: un hombre tenido por loco pide en voz alta lo que nadie se anima a pedir. La palabra, en danés, es ‘ordet’.
En El eclipse (1962), Antonioni cierra la historia con siete minutos de una esquina donde los amantes se citaron y no aparecen. Un final hecho de pura ausencia.
En El caballo de Turín (2011), Béla Tarr filma la vida repetida de un campesino y su hija mientras todo, lentamente, deja de funcionar. Su última película.
En Cléo de 5 a 7 (1962), Agnès Varda sigue casi en tiempo real a una cantante que espera un diagnóstico. La espera transforma su manera de estar en el mundo.
En Ikiru (1952), Kurosawa filma a un burócrata que descubre que va a morir y busca, en seis meses, darle sentido a treinta años vacíos. Vivir, en japonés, se dice ikiru.
En Las alas del deseo (1987), los ángeles de Wim Wenders lo observan todo sin poder sentir nada. Uno renuncia a la eternidad para tener un cuerpo que sufre el frío.
Luz de invierno (Bergman, 1963): un pastor que perdió la fe oficia para una iglesia vacía y no logra consolar a un feligrés desesperado. Sobre la duda, el silencio de Dios y la pregunta de qué sostiene el sentido cuando la fe se va.
Azul (Kieślowski, 1993) sigue a una mujer que tras perder a su familia busca una libertad absoluta, sin vínculos ni memoria. Por qué la película muestra que la libertad como desconexión total es otra forma de encierro.
Tokyo Story (Yasujiro Ozu, 1953): unos padres ancianos visitan a sus hijos adultos y descubren, sin drama, que ya no hay lugar para ellos. Sobre la distancia entre generaciones y el arrepentimiento que llega tarde.
In the Mood for Love (Wong Kar-wai, 2000) cuenta un amor que nunca se consuma: gestos, pasillos, una música que se repite. Cómo el cine puede filmar la contención y por qué lo no dicho pesa más que lo dicho.