El sujeto de las fotos está demasiado cerca del autor para que las categorías habituales funcionen con comodidad.
Immediate Family, aprobado en 1992, es una colección de fotografías que Sally Mann tomó de sus tres hijos —Emmett, Jessie y Virginia— durante su infancia en una granja de Virginia. Las imágenes muestran a los niños jugando, durmiendo, peleando, posando, existiendo en el espacio de la infancia con la naturalidad de quien no sabe que está siendo fotografiado y la conciencia de quien sí lo sabe. Algunas muestran desnudez. Algunas muestran heridas, miedo, gestos ambiguos. Cuando el libro se publicó, generó una controversia considerable sobre si era apropiado que una madre fotografiara a sus hijos de esa manera.
El debate moral fue real y tiene sus propias preguntas legítimas. Pero tuvo una consecuencia secundaria: desplazó casi completamente la discusión sobre lo que las fotografías hacían como imágenes. Y lo que hacían era sustancial. Mann estaba fotografiando la infancia desde adentro: no como observadora externa que documenta la niñez como fenómeno, sino como alguien que la habitaba, que era la madre de esos niños, que los conocía con la intimidad que ningún fotógrafo documental puede reclamar. Las imágenes tienen esa textura. No son estudios de niños. Son registros de una relación.
Lo que Immediate Family complica es la separación limpia entre sujeto y objeto fotográfico. Los hijos de Mann no eran pasivos ante la cámara. Participaban, proponían, a veces rechazaban. Virginia, la menor, se convirtió en fotógrafa. Los tres han hablado en entrevistas de haber crecido con la cámara como presencia familiar, no como intrusión. Eso no resuelve todas las preguntas éticas sobre la representación de niños sin la capacidad plena de consentimiento informado. Pero cambia las coordenadas del debate.
Sally Mann siguió fotografiando. Su trabajo posterior —sobre el cuerpo, sobre la muerte, sobre el paisaje del sur de Estados Unidos— es igualmente perturbador e igualmente preciso. Pero Immediate Family sigue siendo el punto donde el debate sobre qué tiene derecho a fotografiar un artista se vuelve más complicado, porque el sujeto de las fotos está demasiado cerca del autor para que las categorías habituales funcionen con comodidad.