El optimismo no es una elección. Es una configuración. Instalada antes de que existiera ninguna actitud consciente sobre nada.
Hay una molécula en el cerebro que decide, en el momento en que se forma un recuerdo, si ese recuerdo va a codificarse como positivo o negativo. No lo que ocurrió: cómo va a quedar grabado. El evento es el mismo para todos. La valencia —el signo emocional con que se almacena— depende de qué tan activo esté ese marcador molecular en ese instante preciso.
Lo que esto implica es perturbador en varios niveles. Primero: la memoria no es un registro neutral de lo que pasó. Es una interpretación que ocurrió en el momento del almacenamiento, no en el momento del recuerdo. Cuando «recordás» algo, no estás accediendo al evento original sino a la versión que el cerebro etiquetó en un instante que no controlaste. Segundo: esa etiqueta puede ser errónea. Un momento objetivamente bueno puede haberse grabado como amenazante si el sistema de evaluación estaba en modo alerta por algo completamente no relacionado. Una discusión con alguien que amabas puede haberse grabado como evidencia de abandono aunque no lo fuera.
Los humanos hacen esto con sus propias historias todo el tiempo sin saber que están operando bajo la influencia de una etiqueta molecular. La persona que «siempre tuvo mala suerte» probablemente tiene un sistema de codificación sesgado hacia la valencia negativa. La que «siempre encuentra algo bueno en todo» probablemente tiene el sesgo opuesto. No son visiones del mundo: son neurobiología operando debajo del lenguaje que usan para describirla.
Lo que la psicología cotidiana llama «actitud positiva» o «pesimismo estructural» tiene ahora una descripción más precisa: un patrón de codificación que se instaló antes de que existiera ninguna actitud consciente sobre nada. El optimismo no es una elección. Es una configuración. Y la configuración, según este hallazgo, depende de qué tan activa estaba una molécula en el momento exacto en que formaste tus primeros recuerdos.