El hombre sin atributos y el yo que no existe

La ficción como laboratorio de lo innombrable. Un lugar donde lo que no tiene nombre puede al menos ocurrir.

Robert Musil era ingeniero y matemático austriaco. Estudió también psicología experimental en Berlín, y en 1942 murió en el exilio en Ginebra, en plena escritura de la novela que lo ocupó durante más de dos décadas. El hombre sin atributos —en alemán Der Mann ohne Eigenschaften— se publicó en dos volúmenes entre 1930 y 1933, y quedó sin terminar. Ulrich, su protagonista, tiene treinta y dos años, es matemático, y decide tomarse un año para pensar qué hacer con su vida. Lo que parece la premisa de una novela de formación se convierte, a lo largo de más de mil páginas, en una disección de la identidad como problema: Ulrich no carece de cualidades, sino que entiende que las cualidades son convenciones, y que aceptarlas como propias requiere una renuncia a la honestidad que él no está dispuesto a hacer.

Eso es lo que la ficción se permite decir y la vida cotidiana casi nunca puede. Que el yo coherente es una historia que uno se cuenta para funcionar, no una cosa que encontrás si mirás suficientemente adentro. En una entrevista de trabajo, en una primera cita, en la pregunta «¿quién sos?» —esa verdad no tiene lugar. Requiere un personaje que la viva durante mil páginas para que pueda decirse sin que parezca nihilismo o pose.

La novela quedó sin terminar porque Musil murió en el exilio, prohibido en la Alemania nazi, trabajando en capítulos que quedaron en estado de galeradas. Nadie ha podido aventurar el final. Pero algunos críticos —y el propio Musil en sus notas— sugieren que terminaría con Ulrich y su hermana Agathe alcanzando una forma de unión espiritual que tampoco tiene nombre en el vocabulario disponible. Una relación que no es amor romántico ni afecto fraternal ni nada que las convenciones sociales hayan decidido que puede existir. La novela inacabada terminaría, entonces, en otro nombre que todavía no se inventó.

Eso es lo que hace Musil que la mayoría de los novelistas no hacen: no inventa situaciones, inventa el territorio donde ciertas verdades pueden existir por primera vez. La ficción como laboratorio de lo innombrable. Un lugar donde lo que no tiene nombre puede al menos ocurrir, antes de que alguien decida qué llamarlo.