Clarice Lispector y la frase que no cierra

Escribir es una maldición que salva. — Clarice Lispector, La pasión según G.H. (1964)

Clarice Lispector nació en Ucrania en 1920, llegó a Brasil de bebé, y murió en Río de Janeiro en 1977 un día antes de cumplir cincuenta y siete años. Su primer libro, Cerca del corazón salvaje, se publicó en 1943 cuando tenía veintitrés años y desconcertó a la crítica brasileña, que no tenía categoría disponible para lo que estaba leyendo. No era modernismo, no era realismo, no era ninguna de las corrientes que organizaban la literatura latinoamericana de la época. Era otra cosa.

Lo que Lispector hacía con la frase era seguir el pensamiento en lugar de presentar sus conclusiones. La prosa convencional produce oraciones que cierran: dicen algo, lo completan, pasan a lo siguiente. La prosa de Lispector produce oraciones que se abren mientras las leés, que cambian de dirección en el punto donde uno esperaría el verbo principal, que terminan en un lugar inesperado sin que el trayecto haya sido anunciado. Eso produce en el lector la sensación de estar pensando, no de estar recibiendo pensamientos ya terminados.

La pasión según G.H., publicada en 1964, es probablemente el ejemplo más extremo de ese método. Una mujer enfrenta una cucaracha en el cuarto de una empleada doméstica y lo que sigue son doscientas páginas de conciencia desintegrándose y recomponiéndose en tiempo real. No hay trama en el sentido convencional. Hay pensamiento ocurriendo, con todas las interrupciones, las contradicciones y los momentos de oscuridad que el pensamiento real tiene y que la literatura generalmente lima antes de mostrarlo.

Lispector pasó décadas siendo leída por pocos y admirada por casi todos los que la leían. Virginia Woolf en inglés, Kafka en alemán, Lispector en portugués: escritores que desarrollaron una relación con el lenguaje tan personal que el lenguaje mismo cambió en sus manos. La diferencia es que Woolf y Kafka fueron canonizados mientras vivían o poco después. Lispector tuvo que esperar a que la traducción anglófona de sus obras, en los años noventa, le diera el tipo de visibilidad que Brasil le había negado en vida. El canon tarda. Pero tarda de manera específica y no aleatoria.